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La historia de Nikki Kimball es de esas que le hacen a uno creer en el deporte como una herramienta para mejorar la vida de las personas. No solamente en el plano físico, sino también en el apartado psicológico. Y es que, nunca mejor dicho, correr fue uno de los pilares que ayudaron a la corredora estadounidense a salir de la depresión y de los pensamientos suicidas.


Nikki siempre tuvo en el deporte uno de los pilares de su vida; ya durante el instituto y la universidad no cesaba de practicar sus deportes favoritos, sobre todo en esquí nórdico, disciplina en la que era una de las 20 mejores en edad universitaria de todo el país.

Su nivel le llevó a soñar con poder llegar a competir en unos Juegos Olímpicos de Invierno; fue decimotercera en los trials, y parecía que la vida le iba a permitir cumplir uno de sus grandes sueños. Además, era feliz en otros apartados.

Pero de repente, su vida cambió: comenzó a perder las ganas por hacer deporte, llegaba a quedarse 18 horas durmiendo o sin salir de la cama, perdió casi 10 kilos y todos sus proyectos parecían derrumbarse. La depresión se había adueñado de la mente de Kimball. Antes había dejado su trabajo como cocinera porque era incapaz de recordar las recetas y había dejado prácticamente de comer.

Quizá el peor momento de su enfermedad llegó en 1994, cuando decidió que era el momento de poner punto y final a su propia vida; con una botella de cerveza de cristal rota, se cortó las muñecas. “Ahora sé que no quería matarme, sólo quería que el dolor desapareciera de mi cabeza. Estaba adormilada y me encontraba con mucho dolor en mi mente. Es difícil de explicar, pero el dolor físico ayudaba a que desapareciera el dolor de mi cabeza” apunta Kimball, que tras cortarse las venas, acudió rápidamente al hospital, donde pudieron salvar su vida. “En ese momento, cuando vivía la peor etapa de mi depresión, estaba exactamente donde quería a nivel competitivo, además de estar enamorada de un tipo estupendo y de tener un trabajo genial. Sobre el papel, mi vida era exactamente como la había planeado” apuntaba Kimball a la cadena ESPN.

Kim Bowes es una de las razones para que Kimball siga con vida; de hecho, siempre reconoce que está viva gracias a su amiga, que también sufría depresión. Ambas compartían sus pensamientos y se ayudaban a que la enfermedad no se descontrolara. Pero no era suficiente, y Kimball acudió al psicólogo.

Nikki estaba acostumbrada a acudir a médicos desde joven; siendo una niña, sufrió alergias constantes y después se le diagnosticó unamalformación en los pies, llamada garra de paloma, que la obligó a llevar aparatosos hierros en sus piernas durante meses. Años despuésdescubrieron que tenía dislexia y escribía y leía las palabras del revés.

Tras su intento de suicidio, correr fue uno de sus procedimientos para recuperarse. “A diferencia que con el esquí, no corría para mejorar mi forma física, sino para poder aliviar mi mente. No pensaba en resultados. Por eso, correr fue una de las primeras cosas con las que combatí mi depresión” reconoce Kimball.

Desde el comienzo, a Nikki se le dieron realmente bien las carreras por montaña; comenzó a sumar victorias y pronto logró su primer patrocinio, hasta el punto de que estuvo durante casi siete años ganado absolutamente todas las carreras en las que compitió, incluyendo varias Western States.

Fue Kami Semick la que puso fin a la racha de victorias más impresionante que haya visto el trail en los últimos tiempos. “No fue triste, fue una liberación. Recuerdo que en las tres últimas millas reía sola. La racha se había acabado y fue muy liberador. Al llegar felicité a Kami, no porque debía, sino porque realmente lo sentía” reconocía Kimball.

Desde que comenzó a correr, ha participado en casi 70 carreras de ultradistancia, de las que ha ganado 50 y en sólo seis de ellas, Kimball se ha quedado fuera del podio, unos resultados que demuestran cómo se convirtió en una figura imprescindible para entender la primera década del siglo XXI en el trail running.
“Para mí, no hay mejor metáfora de cómo es la vida que el ultra running. Cada carrera es una microvida. Hay algo especial y espiritual, con todos esos altibajos que se viven en una sola competición, justo como la vida es en realidad” relata Nikki.

Por ello, no es de extrañar que Kimball se vea a sí misma como una ganadora, pero más que en el deporte, en la vida; “no importa cómo de abajo me lleve mi depresión, siempre soy capaz de recuperarme y eso me ha dado y me sigue dando muchísima confianza en otros aspectos de mi vida”.

“Sufrir una depresión me ha enseñado muchas cosas y esas lecciones me dan una gran ventaja como corredora. La gente me escucha decirlo, pero no puedes entenderlo a no ser que lo hayas vivido. No sería una corredora tan exitosa sin la depresión”, reconoce una Nikki Kimball que lleva en la muñeca las marcas de una enfermedad que a punto estuvo de quitarle todo, pero que al final le ha ayudado a ser lo que es hoy en día.

Fuente carreraspormontana.com